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Luis Caputo con las horas contadas


11 de octubre de 2026

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Las dudas en el Gabinete crecen, mientras la Casa Rosada evita respaldar públicamente al funcionario frente a la recesión, el ahogo de la clase media y el malestar del círculo rojo. El funcionario participará de la Asamblea Anual del Fondo y volverá recién el otro fin de semana.

La aparente homogeneidad del relato oficialista empieza a resquebrajarse en su frente más sensible: la economía real. La irrupción del economista Alberto Ades en el centro del debate gubernamental —tras su reciente exposición ante el gabinete nacional— no solo activó alarmas en los despachos del Palacio de Hacienda, sino que desnudó una interna que hasta hace poco se intentaba contener bajo la alfombra: el desgaste del plan que encabeza Luis «Toto» Caputo frente a la falta de dólares, la recesión persistente y una asfixia productiva que golpea de lleno a la clase media y a los sectores asalariados.

El crédito político de Caputo dentro del dispositivo libertario ya no luce inagotable. Pese a los festejos oficiales ante cada leve desaceleración inflacionaria, los indicadores de actividad económica muestran que el tan prometido rebote en «V» sigue sin materializarse para el entramado productivo. La industria y la construcción continúan navegando en terreno negativo o con rebotes marginales que apenas compensan caídas drásticas, mientras el propio relevamiento del Banco Central (REM) recorta a la baja las previsiones de crecimiento anual.

Argentina atraviesa una recesión severa y prolongada que el gobierno se niega sistemáticamente a admitir. Los mostradores vacíos en los comercios barriales, el derrumbe del consumo masivo y la parálisis de ramas enteras de la industria dan cuenta de un enfriamiento deliberado para contener los precios, pero a costa de paralizar la vida económica del país. El discurso oficial opta por maquillar los números o aferrarse a rebotes estadísticos aislados, desconociendo el ahogo cotidiano de los trabajadores cuyos sueldos pierden la carrera contra el costo de vida y de las familias de clase media que deben recortar hasta lo indispensable para llegar a fin de mes.

A este cuadro se suma la fragilidad externa: con vencimientos de deuda en el horizonte, escasa acumulación de reservas netas y crecientes reparos del Fondo Monetario Internacional respecto a la sostenibilidad del esquema cambiario, la estrategia del ancla nominal extrema comienza a mostrar signos de fatiga.

El «factor Ades»: corrección técnica y advertencia social

En este contexto de enfriamiento económico, la visita de Alberto Ades a la cumbre ministerial —en una reunión en la que llamó la atención la ausencia del propio Caputo— operó como un verdadero catalizador político. Lejos de alinearse de forma acrítica con la ortodoxia del Ministerio de Economía, Ades lanzó un pliego de observaciones que tocaron fibras sensibles del programa:

  • El tipo de cambio y la transición: Ades reconoció la necesidad de un dólar más competitivo para atravesar la etapa de transición sin liquidar a los sectores viables de la economía nacional.
  • El costo humano del modelo: Con una advertencia inusual para el discurso libertario, el economista subrayó que «detrás de cada empresa que cierra hay trabajadores, familias e historias que merecen nuestra atención», remarcando que la reasignación de factores no ocurre por arte de magia ni de manera instantánea.
  • Tasas, morosidad y crédito: Cuestionó el encarecimiento financiero del período previo y la crisis de morosidad que ahoga tanto a familias como a pequeñas y medianas empresas, señalando que la recuperación es inviable sin una reactivación genuina del crédito privado.

Si bien Ades defiende premisas de orden fiscal y apertura, su diagnóstico marca una distancia sustancial con el dogmatismo de la actual conducción: no se puede exigir a la sociedad un sacrificio indefinido sin amortiguadores productivos ni horizontes claros de recomposición del ingreso.

La clase media atrapada en la pulseada

Más allá de los nombres propios y del baile de «ministeriables», la disputa de fondo interpela a la sociedad argentina. Hasta el momento, el costo del equilibrio macroeconómico descansó predominantemente sobre las espaldas de los trabajadores asalariados, los jubilados y los sectores medios, que enfrentan tarifas dolarizadas, licuación de ingresos y un encarecimiento del costo de vida en moneda dura.

La tensión entre profundizar un esquema recesivo a ultranza o recalibrar variables clave como el tipo de cambio y las tasas no es una mera discusión técnica de pizarrón: define si la economía argentina camina hacia una reconversión con empleo y producción, o si consolida un modelo de exclusión donde el ajuste fiscal termina devorándose la propia base social que sostiene al país.

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